domingo, 13 de marzo de 2011

LA SAL, EL PALADAR Y LA HISTORIA




Rafael Michel
¡Qué no se dice de la sal!, ¡del Paladar! y hay mucha historia.
En el restaurante, un vecino de mesa pidió un salero. Lo observé y creo que, previamente, no había probado la verdura que tenía en el plato. Yo ya la había comido, y no me había parecido insípida. Las discusiones sobre si un pescado, una carne o una verdura están lo suficientemente salados o no son de esas polémicas que no tienen un árbitro para dictar sentencia.
JoséMaria Espinás, escribió, el periódico:
"El paladar es personal e intrasferible, y esto no se tiene en cuenta cuando alguien se escandaliza porque su compañero de mesa encuentre ese alimento soso o salado. No hay un criterio objetivo. Lo mismo ocurre con el dulce: poco dulce, muy dulce, demasiado dulce..."

Ahora la sal no está muy bien vista, seguramente porque se ha tomado en exceso. Yo tenía un amigo que antes de probar la sopa le echaba, sistemáticamente, una pizca de sal. No negaré que el abuso de la sal puede perjudicar la salud. Es curioso que dos cosas tan contrapuestas como la sal y el azúcar sean igualmente peligrosas. Para evitar el riesgo del exceso, un gobernador de Estados Unidos prohibió a todos los restaurantes que condimentaran los platos con sal. Esto me hace pensar en aquella ya lejana prohibición absoluta de las bebidas alcohólicas. Yo no soy un devoto de la sal, aunque tampoco quiero tenerla como enemiga. Me abstendré si mi médico me lo aconseja, naturalmente. De hecho, algunos alimentos ya traen la suficiente dosis de sodio para que el añadido de la sal sea en ciertos casos innecesario.

Pero la sal ha sido un ingrediente muy valorado a lo largo de la historia de la humanidad. En muchas culturas, incluso las prehistóricas, la sal ha tenido un gran papel. Las minas de sal y las salinas eran una riqueza de gran valor. Compartir el pan y la sal era un lema de fraternidad, y negar estos alimentos era propio de un malvado. Y, además, la sal tiene, desde tiempos antiguos, un valor extraordinario como conservadora de los alimentos. Solo hace falta añadirle el valor simbólico que ha tenido en el ámbito del cristianismo. Incluso los discípulos de Jesús tenían que ser «la sal de la tierra». Y yo había visto -aunque ahora no sé si se hace- que las casas de campo, cuando llegaba la Semana Santa, eran bendecidas con agua y sal.

Un poco de respeto, pues, por los saleros. No es obligatorio usarlos, pero, al igual que con los amigos, no podemos abusar de ellos. Un salero en la mesa nos recuerda cómo la sal nos ha ayudado a sobrevivir durante miles de años

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