domingo, 21 de febrero de 2016

EL PAPA DEJO VARIAS REFLEXIONES

Rafael Michel.
La visita del Papa  Francisco dejo varias reflexiones:
Ratifico  su forma de dar el mensaje. Su forma de persuadir.
Reafirmó que no debemos de perder la fe y la  esperanza.
Dejo sendos mensajes. Claros. Precisos. Certeros.
El impacto de la visita del papa Francisco a México no se puede medir fácilmente.
Como lo reafirma el investigador Roberto Blancarte, del Colmex, que en términos estrictamente materiales, hay quien ha querido promover la idea de que esto ha beneficiado al turismo religioso. Se habla de una derrama económica de muchos millones de pesos. Pero por otro lado, hay quien ha señalado el enorme gasto que ha representado esta visita y sobre todo su origen público. En efecto, no sólo el gobierno federal sino también los gobiernos estatales se han visto obligados a dedicar no pocos recursos del erario público para sufragar los gastos de la visita: seguridad, transporte, logística, remozamiento de edificios públicos, de vialidades, etc. Las preguntas son inevitables: ¿Era necesario tanto gasto? ¿Es válido que el dinero público sea utilizado para recibir al dirigente de una religión? ¿No significa esto un claro caso de inequidad en el trato hacia el resto de las iglesias y agrupaciones religiosas? Las respuestas no son simples. Los gobiernos están obligados de por sí a ofrecer cierta seguridad a algunos visitantes distinguidos, aunque no sean funcionarios de algún país con el que tenemos relaciones. Pensemos por ejemplo en el Dalai Lama. Pero si el gobierno gasta con uno, tendría que gastar con todos, lo cual no sucede. La mayoría de los dirigentes religiosos que llegan a México se pagan sus propios gastos o éstos son sufragados por sus fieles. En el caso del papa Francisco, es evidente que la Iglesia católica está pagando muy poco y que la mayor parte de los gastos están corriendo por cuenta de los gobiernos estatales, pero sobre todo del federal. La cuestión se complica porque además México tiene relaciones con un sujeto de derecho internacional que se denomina Santa Sede y a cuya cabeza está el Papa.

Todo lo anterior me conduce al punto final de esta reflexión. Efectivamente esta visita podría ser benéfica para el estado de ánimo de los católicos y quizás hasta de los creyentes de otras religiones y los no creyentes. Pero difícilmente la visita tendrá un impacto mayor en cuestiones sociales, como la disminución de la violencia o el mejor trato hacia los migrantes. La mayor parte de la gente quiere ver, más que oír, al Papa. La asimilación de sus enseñanzas, suponiendo que sean positivas para nuestra convivencia plural, lo cual no está garantizado, será probablemente tan efímera como la visita. En cambio, el daño para esta convivencia podría ser muy grande si nuestros funcionarios no entienden la razón de la existencia de un Estado laico. Así por ejemplo, si el presidente de la República decidiera asistir a una ceremonia religiosa de culto público, argumentando que lo hace a título personal (como si la gente pudiera hacer abstracción de que se trata del presidente), la señal que estaría mandando es que cualquiera puede violar las leyes, dándole la vuelta a sus principios. Y eso sí sería un enorme perjuicio causado por esta visita, aunque no sea culpa del Papa.

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