sábado, 14 de mayo de 2011

LA CRISIS PONE EN EVIDENCIA CREDIBILIDAD

Rafael Michel.



Desde Tijuana, Baja California -la frontera que queda al sur de Estados Unidos-, se puede analizar que hay varios puntos a considerar con los hechos recientes. En primer lugar, la muerte de Osama Bin Laden no restaura de manera automática el liderazgo ni la credibilidad de EU en el mundo. La crisis económica global pone en evidencia la incapacidad estadunidense para conducir a la comunidad de naciones por senderos de prosperidad, y las empresas e instituciones financieras responsables de la crisis no han pagado sus facturas, y no parece que ni el gobierno de EU ni ningún otro las vaya a llamar a cuentas ni a castigar por su comportamiento. Lo que es más: en los tiempos de la crisis capitalista que se inició en 1929, fueron los países más avanzados los que asumieron las políticas necesarias. Hoy, en una actitud francamente deshonesta e inmoral, EU y sus aliados occidentales buscan que sean los llamados “países emergentes”, en particular India y China, quienes encabecen la recuperación ante la crisis global, pese a las claras limitaciones sociales y económicas de ambas naciones.
El semanario Milenio de circulación nacional publicó una serie de reportaje interesantes sobre el hecho y dijo que en segundo lugar, a propósito del liderazgo y la credibilidad, EU señaló tras los sucesos del 11-S que Osama Bin Laden, un millonario saudí a quien Washington apoyó fuertemente en los tiempos de la invasión soviética a Afganistán, era el autor intelectual de los atentados, aunque Bin Laden tardó mucho tiempo en reivindicarlos. A 10 años de esos acontecimientos, EU afirma haberlo emboscado y tener bajo custodia su cuerpo, para anunciar, apenas unas horas después, que los restos mortales del hombre más buscado del universo fueron “arrojados al mar”. Es verdad que mostrar el cuerpo inerte de Bin Laden a la opinión pública mundial podría convertirlo en una especie de mártir a los ojos de muchos países agraviados por la política exterior estadunidense, pero al día de hoy hay pronunciamientos de diversas agrupaciones y comunidades en la región de Medio Oriente que consideran que Bin Laden no está muerto y que EU miente.

En tercer lugar, la situación de Pakistán —vecino de Afganistán— se convirtió en muy delicada. Numerosos analistas en Washington insisten en considerar a ese país un Estado fallido, y otros advierten la abierta simpatía y el apoyo brindado por los pakistaníes a todos los niveles —gubernamental y social— a los talibanes. No se olvide que Pakistán es un país políticamente inestable y que, además, posee armas nucleares.

El sitio donde Bin Laden fue presuntamente emboscado, Abbottabad, se encuentra a unos 100 kilómetros de Islamabad, y allí residen diversas academias e instalaciones militares pakistaníes, lo que corrobora la percepción de que Bin Laden se encontraba ahí no sólo con pleno conocimiento de las autoridades de Pakistán, sino que, inclusive, se beneficiaba, hasta cierto punto, de su protección. Hoy las autoridades pakistaníes han confirmado que el Operativo Gerónimo se efectuó sin que EU se los notificara, lo que incrementa las sospechas en torno a cuánta información tenía Pakistán sobre el paradero de Bin Laden y, en todo caso, por qué no la compartió con Washington. Lo que sí es cierto es que para el régimen de Asif Zardari subsiste el riesgo de revueltas populares, porque, dadas las simpatías populares con los talibanes —presuntos protectores de Al Qaeda—, no faltará quien internamente lo acuse de debilidad frente a EU, cuyos dirigentes prefirieron “pedir perdón antes que pedir permiso”.

En cuarto lugar, la muerte de Bin Laden constituye, en principio, una victoria política para la administración de Obama. Pese a su anuncio de que buscará la reelección en los comicios de 2012, entre hoy y noviembre del próximo año pueden ocurrir muchas cosas; por ejemplo, que el electorado, preocupado por cuestiones más terrenales, como el desempleo y la crisis económica, se olvide de este gran “logro”. Así, no está garantizado que quienes fueron a “festejar” en los alrededores de la Casa Blanca y en la Zona Cero en Nueva York la muerte del saudita, le otorguen su voto de manera automática a Obama en noviembre de 2012. La memoria política del electorado, no se olvide, es de corta duración. George Bush padre logró una popularidad superior a la de Harry Truman cuando desarrolló la primera guerra contra Irak a principios de los años noventa. Todo parecía indicar que se reelegiría; sin embargo, tanto énfasis en la política exterior en detrimento de la situación económica interna lo llevó a la derrota frente a un William Clinton que basó su campaña electoral en la solución de los problemas internos y cotidianos de los estadunidenses. Algo similar podría ocurrirle al actual Presidente cuando se evapore el capital político que emana del cadáver de Bin Laden.

Finalmente es pertinente preguntar: ¿cuándo se irá EU —con sus aliados— de Afganistán? Las autoridades estadunidenses han hecho saber que seguirán luchando contra los talibanes, por lo que no parece que vayan a abandonar el territorio afgano: el terrorismo, dicen, sigue siendo allí una realidad, pero la justificación para permanecer en Afganistán por más tiempo se ve severamente mermada por la muerte de Bin Laden, y a la administración Obama le costará mucho trabajo explicarle a la opinión pública de su país —y del mundo— por qué hay que seguir luchando contra el terrorismo y por qué debe continuar la presencia de EU y sus aliados en Afganistán, justo cuando se requiere liberar recursos que permitan superar la crisis económica imperante.

A final de cuentas, el mundo, sin Bin Laden, no es un lugar más seguro. Todo lo contrario.Pero, ¿realmente el mundo sin Bin Laden es un lugar más seguro? El próximo 11 de septiembre se cumplirán 10 años de los ataques, cuando el terrorismo fue elevado a la categoría de principal amenaza a la seguridad internacional. Así, la seguridad ha sido puesta, inclusive, por encima y por delante de las libertades individuales y los derechos humanos, como puede observarse en las medidas de seguridad reforzadas en puertos marítimos y aéreos, misiones diplomáticas, hoteles, etcétera, en todo el planeta. Pero además del divorcio entre la libertad, los derechos humanos y la seguridad, ésta también ha recibido la mayoría de los reflectores en detrimento de la agenda de desarrollo, pese a la relación simbiótica que debería existir entre una y otra. De hecho, EU ha debido enfrentar las consecuencias de procurarle al terrorismo tanta atención a costa de otros temas. Ahí está justo el huracán Katrina de agosto de 2005, el cual produjo mil 836 víctimas fatales (confirmadas), 135 personas desaparecidas y daños materiales superiores a los 81 mil millones de dólares. Tras Katrina, el DHS decidió incluir a los desastres naturales en su agenda de amenazas a la seguridad nacional estadunidense, a la par del terrorismo. Otro flagelo que tampoco es obra de Al Qaeda, la influenza AH1N1, que se originó en México y que se propagó por todo el mundo —y que llevó a que el propio presidente Obama declarara, el 25 de octubre de 2009, que esta enfermedad era una “emergencia nacional” en EU—, había provocado hacia el 20 de mayo de 2010, según la Organización Mundial de la Salud, 18 mil 138 decesos en el planeta. Problemas como los descritos —fenómenos naturales, epidemias- pandemias, etcétera— continuarán existiendo, pese a la muerte de Bin Laden, y seguirán amenazando a la seguridad del mundo.

Pero hablando específicamente del caso, parece prematuro pensar que el deceso de Bin Laden pone en jaque al terrorismo internacional y a Al Qaeda en particular: el mundo ha cambiado mucho y no es razonable equiparar el impacto de la muerte del saudí con el de la de Adolfo Hitler. En este último caso, es evidente que la organización por él presidida quedó faltamente mermada con su muerte, dado que su estructura era vertical y respondía a las acciones del “líder”. Pero una característica de las organizaciones criminales en estos tiempos de globalización es su capacidad para aprovechar las oportunidades que genera la “conectividad” en el planeta, y agrupaciones como Al Qaeda se estructuran como una red: aun cuando alguno de los líderes sea eliminado, la red puede seguir funcionando. Es decir, no porque Osama Bin Laden —de quien, se dice, ya estaba muerto políticamente— haya sido emboscado y asesinado, Al Qaeda desaparecerá, ni tampoco el terrorismo dejará de existir. El reto para los cuerpos de seguridad de los países es pensar y estructurarse de manera adecuada para enfrentar a las organizaciones criminales que gozan de gran flexibilidad, y que pueden aparecer, desaparecer y reaparecer con relativa rapidez. En cambio, los cuerpos de seguridad de los países aún se estructuran verticalmente y, por lo tanto, tardan en responder al desafío terrorista y/o del crimen organizado.

El mayor éxito de Al Qaeda fue haber logrado destruir la credibilidad y el liderazgo de EU en el mundo del nuevo siglo, al transmitir el mensaje de que el país más poderoso del orbe, la “única nación indispensable” —como decía William Clinton—, no pudo ni siquiera cuidarse a sí misma aquella fatídica mañana del 11-S. Ciertamente esa acción de Al Qaeda inspiró a otras organizaciones a seguir sus pasos, por lo que persiste el riesgo de ataques terroristas contra objetivos estadunidenses no solamente por parte de esa organización. Así, los conflictos asimétricos serán la principal característica del siglo XXI, sobre todo mientras los cuerpos de seguridad de EU sigan privilegiando escenarios de confrontación convencionales frente a la versatilidad de terroristas y organizaciones del crimen organizado.
El asunto WikiLeaks, sin embargo, puso de manifiesto que lo único que verdaderamente había cambiado con el arribo de Obama a la Casa Blanca eran las relaciones públicas. Según los diversos cables que se han venido divulgando en los medios de información del mundo, EU sigue teniendo intereses, no amigos; sigue desconfiando de sus aliados (a quienes, por cierto, espía); sigue empecinado en luchar contra el terrorismo; duda de la capacidad de gobierno y gestión de buena parte de los mandatarios del planeta; mantiene rivalidades estratégicas de larga data con Rusia y la República Popular China, y un largo etcétera. Aun cuando los cables diplomáticos que todos los días circulan de manera confidencial en el mundo informan en ese tenor sobre lo que observan y valoran en cualquier rincón del planeta —y ojo, no sólo los cables de manufactura estadunidense—, ciertamente EU ha tenido que desarrollar una “operación cicatriz” con sus aliados y hasta con los que no lo son. Por lo tanto, la administración Obama ha sido vista con desconfianza y poca credibilidad por parte de las naciones.A lo anterior hay que sumar las presiones y reacomodos en los cuerpos de inteligencia y seguridad de EU durante el actual gobierno, lo que ha desatado una pugna entre palomas y halcones —aunque, al decir de muchos, la verdadera pugna es sobre todo entre quienes son más halcones. En fechas recientes se ha confirmado —los rumores han estado presentes por meses— el retiro de Robert Gates al frente del Pentágono, que ha sido reemplazado por quien hasta ahora estaba al frente de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés) Leon Panetta, además del nombramiento en el lugar de éste del general David Petraeus —quien, entre otras funciones, ha estado a cargo del Comando Central (Centcom, por su acrónimo en inglés). La designación de Panetta al frente de la CIA por parte del presidente Obama fue impugnada por la poca experiencia que aquel tenía en cuestiones de inteligencia. Con todo, en su ahora célebre discurso del primero de mayo, Obama dejó en claro que la emboscada que derivó en la muerte de Bin Laden fue producto de un arduo trabajo de los servicios de inteligencia estadunidenses —que incluyen a la CIA de Panetta—, con lo que se logra por fin restituir a “la compañía” al menos una parte del protagonismo y prestigio que perdió justamente con los sucesos del 11-S y el posterior nacimiento del Departamento de Seguridad de la Patria (Department of Homeland Security, DHS).

En la estructura del DHS, la CIA veía muy acotadas sus funciones, dado que el flamante nuevo ministerio, al menos en la administración de George W. Bush, estaba llamado a ser el principal coordinador de los cuerpos de seguridad estadunidenses. Claro que la monstruosa estructura del DHS parece haber sido un obstáculo para su óptimo funcionamiento, y tras desafortunados acontecimientos como, por ejemplo, el manejo de la crisis del huracán Katrina —el Katrinagate— más las corruptelas de diversos funcionarios de alto nivel de esa dependencia, todo parece indicar que la administración Obama ha buscado restituir atribuciones y márgenes de maniobra a la CIA, una agencia pequeña pero que cuenta con una enorme experiencia en tareas de inteligencia. Ante la muerte de Bin Laden ya nadie habla de Janet Napolitano —titular del DHS— y, en cambio, la figura de Panetta se ha encumbrado, tanto que próximamente será el titular del Pentágono; esto, para efectos prácticos, constituye un “ascenso”. ¿Y qué decir del general Petraeus, considerado por muchos como un héroe nacional? El “duro” Petraeus será quien encabezará la CIA. Y claro, estos enroques deben analizarse a la luz del anuncio del lunes cuatro de abril, hecho por el propio presidente Obama, en el sentido de que buscará su reelección en los comicios de noviembre de 2012. Seguramente que el huésped más distinguido de la Casa Blanca quiere congraciarse, a través de estas designaciones, con los sectores más duros — los halcones—, que podrían ser determinantes en la elección presidencial.
“Sin Bin Laden el mundo es un lugar más seguro”. Con esta frase, el presidente de Estados Unidos (EU), Barack Obama, sentenciaba el triunfo de su administración sobre el terrorismo, flagelo elevado a la categoría de mayor amenaza a la seguridad internacional tras los atentados terroristas perpetrados en Nueva York, Washington DC y Pensilvania el 11 de septiembre de 2001 (11-S). Sin embargo, esta aseveración parece prematura si se considera el desgaste político, militar y económico estadunidense a lo largo de 10 años en los que Washington se enfrascó en dos grandes conflictos armados: Afganistán e Irak, amén de la reciente crisis financiera internacional —que se originó justamente en el vecino país—, todos ellos hechos que mermaron considerablemente la imagen, el liderazgo y la capacidad de gestión de ese país a nivel interno y externo.

Ciertamente la imagen del presidente Obama cambió tras el operativo para emboscar y eliminar a Bin Laden. Desde que asumió la primera magistratura de EU, Obama modificó el estilo y la actitud punitiva, aislacionista y belicosa de su antecesor George W. Bush. Se mostró favorable al multilateralismo y a la Organización de la Naciones Unidas (ONU); reforzó los vínculos con sus aliados y hasta obtuvo, inmerecidamente, el premio Nobel de la Paz. Los opositores de Obama, por supuesto, criticaban lo que percibían como “flaqueza” en la política exterior estadunidense, y más de uno advertía que esa imagen de cooperación y “vinculación constructiva” (constructive engagement) del mandatario podía ser contraproducente, dado que incitaría a los “enemigos de EU” a hacer de las suyas.

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